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NOTA PREVIA: El siguiente texto sólo representa mi particular punto de vista en torno a la situación de la música popular en México conocida como ‘trova’. Aunque no es muy feliz dicho término, ha servido para enmarcar y clasificar a determinado número de artistas y no-artistas; todos ellos compartiendo el mismo lugar.
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Hace tiempo que escribo música, desde que comencé siempre me pareció algo muy parecido al diseño, la literatura y la arquitectura, un arte a fin de cuentas. Yo lo hice con la única pretensión de construir algo que parcialmente comunicara el estado de mi mente en ese tiempo. Hasta ahora la intención sigue siendo la misma.
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Conforme las canciones crecieron, así lo hizo mi deseo por compartirlas en un foro, someterlas a la experimentación, al choque de fuerzas. Fue en ese momento en el que algunas cosas que ya intuía se clarificaron y otras nuevas se mostraron.
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Como en otros campos el paradigma se encuentra profundamente establecido y los ‘estereotipos’ que esto conlleva: un sujeto con su guitarra en el escenario. Mark Twain decía: “[…] cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es momento de hacer una pausa y reflexionar.” Como siempre el público nunca ha sido un buen referente.
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Ese público siempre es el mismo, los que abucheaban a Dylan, los que asesinaron a Drake. Me imagino cual habría sido el resultado de “My Doorbell” de los White Stripes de haber sido en español. Mismo resultado que el desazón que probablemente provocaría un actor con el mismo talento de Anthony Hopkins pero con rasgos indígenas.
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Al igual que el cabello de algunas mujeres, nuestra música también se tiñe de rubio. Pero eso no somos.
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Todo es descalificado mientras no presente ojos azules. Esta existencial y metafísica lucha contra nosotros mismos tiene frutos: las nuevas propuestas jamás son escuchadas y entre nosotros nadie tiene la apertura de ser escuchado sin un juicio previo (a excepción de cumplir con los cánones previamente establecidos, desde luego). Si escuchamos a alguien con una guitarra y palabras diferentes dicen: “esto es trova”. Y ahí viene un tiro de gracia ‘auto inflingido’.
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Este prejuicio tiene varias consecuencias porque ubica una propuesta –quizá diferente- en un género también controlado por una mafia de falsos profetas, contadores de chistes y estúpidos.
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Como suele decirse, el problema no fue Jesucristo sino aquellos que comenzaron a hablar por él. Y aunque personalmente disfruto la música de Serrat, Silvio o Serrano, no puedo evitar la empatía por un sujeto que utiliza dicho disfraz para vender cafés, discos y destruir un género consigo.
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El problema no es sólo este sujeto, sino también –y esto es lo más grave- sus cómplices. Público que se enorgullece de no seguir criterios ‘estético-acústicos’ impuestos por una mafia extranjera, pero gustoso lo hace por una nacional igualmente absurda.
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Estoy hablando de los que sólo guardan silencio al escuchar al “Silvio” consolidado, pero que probablemente habrían bajado del escenario a otro “Silvio” joven y austero; sólo porque alguien no les había dicho: “…es que es Silvio.”.
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Y he aquí un eje gravitacional de toda esta preocupación: lo que a estos sujetos importa no es la música, sino el personaje, la fachada. La música entonces viene a quedar en un segundo plano. Entonces, ¿qué puede esperarnos si la gente nos sigue llamando ‘trovadores’ y sigue gritando las mismas canciones de siempre, una y otra vez?
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Nada.
Sigamos en lo nuestro.
Sigamos haciendo canciones, explorando nuevos caminos, construyendo nuevos instrumentos que nos permitan escaparnos, aunque sea por momentos y hacer más liviano nuestro paso en este mundo lleno de intereses mezquinos, actitudes asesinas y del mismo público.
Los mismos de siempre.
Juan Manuel de J. Escalante
[Ciudad de México. III.07]




Marzo 31, 2007 at 3:43 pm
Exacto, solo hay que hacer lo que uno quiere! Aunque a la gente no le guste, que ellos piensen lo que se les de la gana. La unica audiencia es uno mismo.