
Al noroeste de Pekín, existe un lugar llamado “el palacio de verano”, que en el verano -naturalmente-, rodeaba los días de cierta emperatriz. Este gran parque rodea la periferia de un lago, y además del conjunto principal, pueden encontrarse pabellones, puentes y pequeños claustros distribuidos a lo largo del recorrido. Es formidable.
Este sitio quizá, podría ilustrar de un buen modo la cultura de aquél gran pueblo. Lo monumental de ciertos espacios en armonía con lo natural, con el paisaje y el buen respiro. Pero también revela toda la fuerza -y probablemente vidas- que tomó construirlo, para el disfrute -en aquél entonces- de unos cuántos. Qué poco cambian las cosas.

De cualquier modo, lo que quiero compartir es un detalle muy especial. Hemos dicho que a lo largo del recorrido periférico se encuentran fuentes y pequeños pabellones. Lo singular aquí, reside en que dichos lugares son concebidos a partir de poemas, o pequeños fragmentos de ellos.
De este modo al recorrer el parque, uno percibe cierta línea de conducción, a pesar de efectuar un recorrido aleatorio. La experiencia se presenta como un acontecimiento que -aún sin saberlo-, asemeja en buen medida una lectura de esta naturaleza. Cada sorpresa, cada giro.

Esto -por acá- viene a tener un énfasis más importante, cuando al interior de nuestro posgrado en arquitectura -en una de las mejores universidades de habla hispana-, se tiende a ver a la literatura como una disciplina totalmente alejada del ‘quehacer’ arquitectónico (salvo muy honrosas y felices excepciones); e incluso dicha relación no se ve -en ocasiones- sin cierto carácter peyorativo. Es triste.
Mucho tiempo atrás, la sabiduría de aquella milenaria cultura les habría llevado a construir este lugar, primero, con las palabras.

[primera fotografía de este post, tomada por: Mariana de J. Escalante]




Febrero 17, 2009 at 9:01 pm
Fotografías interesantes.
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